sábado, 18 de diciembre de 2010

DIANA Y YO (capítulo 2)

      El auto circulaba por las calles anchas y arboladas de Tehuacán, mi amigo tenía la cara extenuada por el trabajo de la oficina en la mañana, porque como entrenador de fútbol le servía como relajamiento, pero pensando lo bien creo que más bien, eran dos tipos de cansancio; el físico y el mental.

     Ya  varios años atrás,  Roberto había tenido malas experiencias en el amor. Alguna vez estuvo casado, pero de un tiempo para acá había adoptado una actitud de rebeldía, todo por el infierno domestico, la rencilla diaria y la desconfianza de su ex mujer.




     Mientras el murmuraba, mi mente no deja  de poner  atención a las canciones del reproductor, mi mirada se clavaba en la ventanilla del cristal de mi puerta. Pero no reparaba en ver las estrellas que ya para esa hora se veían por el cambio de horario -eran las siete-, y la luna dejaba ver una mirada de luz de entre las copas de los árboles.

     De pronto una llanta del auto paso por un bache, eso hizo que volviera a la realidad, porque en  ese momento era dueño de una esperanza. Una esperanza que extraviaría al día siguiente,  y la apostaría en un juego donde perdería mi tranquilidad y mi corazón.

      Llegamos afuera del bar, mientras hacía maniobras para estacionarse, yo fijé mi vista en el segundo piso del edificio de enfrente -que era donde se encontraba el bar- la lampara morada del bar se dejaba ver por el ventanal. Nos bajamos del auto y hacia frío,  los dos teniamos shorts pero con chamarras que combinaban perfectamente.

      Entramos al bar y había humo y gritos. Recordé las palabras de mi madre "hijo no tomes mucho cuídate". Pero al fin ya estábamos adentro. Nos acomodamos en una de las mesas con vista a la calle, en eso se aproximó el mesero -que me conocia- y dijo:

-Eres un bohemio empedernido Quique.

-Sí -le dije- . Y eso ¿qué tiene de malo?

-Era un decir -dijo Jaime el mesero- . ¿Qué se te va a servir?

      En ese momento hubo un titubeo de mi parte porque iba a pedir unas simples cervezas pero cambié de opinión y pedí dos copas de coñac Martel y tres cigarros sueltos.

-¿ Tienes  morralla  para introducir unas monedas en la rockola? -le pregunte a Roberto-

    Buscó en su bolsa cangurera y sacó dos monedas de diez pesos y las puso en mi mano,  como un resorte fui a donde se encontraba el aparato,  puse muchas canciones entre ellas la de Intocable de Alex Syntek.

     Cuando regresé a la mesa las dos copas ya estaban servidas, las chocamos y dijimos "salud". En eso Roberto me dijo:

-Préstame tu celular  para hacer una llamada.  

(sigue capítulo 3) 

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